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Silvina Tellez / Consultora Patagónica


CONEXIONARIO en R y más: Donde conectamos datos, personas, tecnología y territorio





Mientras esperaba el semáforo en rojo, enojado, unos versos llegaron a su mente: “Del aire saco el viento, del viento saco cuchillos, de los huesos saco el fuego...”

“…para quienes corren contra el tiempo no hay estaciones, sólo una parada y la siguiente.” Wang Jibing tiene 56 años y vive en China. Es repartidor y poeta. Este año ganó el Premio Lu Xun —el máximo galardón literario chino— con Vuelo Rasante, libro de poemas escritos en trozos de papel, entre entrega y entrega.

Yani es nuestra versión argentina de Wang. Trabaja en Buenos Aires y hace unos días estuvo en la sala de investigación. La interacción con la moderadora hizo aparecer algo del lenguaje de las tribus actuales:

—¿A qué te dedicás, Yani?

—Yo trabajo con las apps.

—¿Con las apps? —repitió la moderadora esperando más detalles.

—Sí, con las apps. Hago envíos con la moto y el fin de semana también llevo

gente.

Decir “trabajo con las apps” es la frase que predica sobre una categoría laboral emergente, que condensa delivery de comida, mensajería de última milla y transporte de pasajeros en una misma identidad. Esa respuesta circula por el ecosistema en el que hoy se mueve más de un millón de personas en Argentina. Las interfaces digitales terminan convirtiendo esos comportamientos en movimiento real sobre un mapa. 

 

 

La hormiga y el hormiguero

En su libro, Wang Jibing escribe: “Una hormiga debe tener su propio desaliento o misión para aventurarse en una tormenta, al igual que un repartidor en una pendiente mojada, protegiendo desesperadamente la caja de entrega en la parte trasera de su motocicleta.”

La imagen de la hormiga nos lleva a mirar dos escalas al mismo tiempo: quien se mueve y el sistema que hace posible ese movimiento. La hormiga es, en la metáfora de Wang, la persona circulando en el sistema: se mueve, decide, se adapta. El hormiguero es la red: personas, tecnología, calles, comercios, plataformas y flujos que se conectan para que todo ocurra.

Así, por un lado están las personas que se mueven, toman decisiones y adaptan sus recorridos constantemente. El clima, el tránsito, la seguridad y los cambios en las aplicaciones modifican sus rutas y sus tiempos. Cuando el tránsito colapsa, aparecen mapas propios, redes de ayuda y nuevas formas de organizarse. Las plataformas funcionan sobre este tejido de personas, decisiones y terreno.

Por otro lado está el hormiguero: la infraestructura en la que ocurren esos movimientos. Para comprenderla necesitamos conectar información que suele estar dispersa: datos de movilidad, encuestas, fuentes públicas y registros propios. Cuando esas piezas se conectan, aparecen patrones que permiten entender cómo se configura un territorio y dónde surgen nuevas oportunidades.

 

 

Rutas argentinas: otra escala del movimiento

El movimiento que vemos en las calles de Buenos Aires también aparece, a otra escala, en las rutas del interior. En las largas distancias de nuestras rutas argentinas, distribuir productos implica conectar puntos cada vez más dispersos, con tiempos, costos y recorridos que requieren nuevas formas de pensar la geografía.

Uno de los desafíos aparece en el desbalance de los flujos: un vehículo viaja al interior cargado de productos y puede regresar con la bodega vacía. Conectar recorridos, cargas y capacidades entre empresas abre oportunidades para hacer más eficiente ese movimiento.

 

La mirada analítica: Desde arriba y desde abajo

Para comprender estas dinámicas a efectos de nuestra labor, es necesario combinar dos escalas de observación: la conversación con las personas y la mirada satelital sobre el territorio. Entrevistar a camioneros, pasajeros, repartidores y gerentes. Escuchar qué hacen, cómo deciden y cómo se adaptan. Después conectar esas experiencias con datos de diversas fuentes para dimensionar lo que ocurre.

 

Desde arriba: grandes volúmenes de información geoespacial permiten procesar, entender y analizar flujos de movilidad rural y urbana en tiempo real, cartografía digitalizada y registros comerciales. La conexión entre estas fuentes permite construir frameworks analíticos y diseñar capas de inteligencia geográfica. La moto de Yani en Palermo y el transporte de carga en la ruta son nodos del mismo mapa.

Desde abajo: se escucha a las personas. Los datos permiten identificar dónde ocurre el movimiento, y la conversación introduce la textura. Las decisiones, los riesgos, las estrategias de adaptación y las formas de resolver problemas cotidianos aparecen allí donde los números dejan preguntas abiertas.

La mirada combina el data analytics con la inmersión en el terreno. Los sistemas vivos de toma de decisiones se construyen a partir de preguntas de negocio concretas. Se trabaja codo a codo con los equipos en workshops prácticos, integrando información y experiencia para poder leerla y actuar en consecuencia.

En estas geografías el dato no viene servido en bandeja. Es un insumo bruto a explotar, encontrar, ordenar y procesar. La clave está en pensar, preguntar, escuchar y analizar. Mantener siempre la humildad y la curiosidad de quien mira el universo e intenta adivinar el orden oculto que hay en él.



CLAUDIA DE LA MOTA

Especialista en datos e insights con trayectoria global en consultoría, investigación social

y de mercados. Combina análisis cuantitativo, modelos predictivos y trabajo de campo

para entender a las personas y anticipar comportamientos. Moderadora e investigadora

cualitativa experta. Su mirada integra psicología,

educación e inteligencia de mercado. Fundadora y Directora en CECILIO.

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